La taberna de Pinón (4,5 guatas)
Uno de los pocos jaladeros en los que no habíamos hoyado pie. Llama la atención una vaca inerte que observa el local, y de la que a veces cuelgan carteles informativos. Tres barriles guardan la entrada, que sólo deberán franquear los que estén dispuestos a deglutir excelentes viandas.
El menú no es amplio, precisamente. Muy pocas opciones, pero que cubren casi todos los gustos, salvo probablemente los hipsters runners veganos, y yo creo que ahí radica la fortaleza de la oferta. No hay muchas cosas, pero están todas buenas.
Vinimos recomendados por oriundos de la zona amantes de los callos. Como quieran que uno de nosotros, el enterpreneur filántropo Jose Antonio Santiago Tomás, es declarado admirador del buche cerdil condimentado, decidimos probar lo que este local de aspecto chigril, ambiente oscuro y ruido ensordecedor tiene que ofrecer.
Callos por supuesto, croquetas locales, cachopo para compartir (porque no me dió tiempo a defenderlo de los tenedores de los demás), pimientos rellenos de bacalao y una fabada pa los guajes, como tiene que ser.
Francamente bueno todo. De principio a fin. Croquetas que Chicote aprobaría, la fabada no la vieron delante una niña de 9 años y un niño de 5, que no es que sean comedores profesionales. Los callos recibieron el aprobado del Elon Musk de Contrueces (ahora del centro), y en general todos los comensales salieron satisfechos, dejando 122 sextercios que tampoco es una barbaridad, habiendo dado cuenta de dos botellas de vino.
Como anécdota, el que suscribe sufrió un ataque de hipo ante el que Nastia, utilizando técnicas de chamán de su tribu de Rusia, solventó haciéndome beber vino en una posición grotesca.
En general una buena experiencia que repetiremos en temporada de callos.


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