Restaurante Del Alba (Avilés), 1,5 guatas
Invocados por Vanesa Betih, Jose Iniesta y el letón Lukitas Olupones, dirigimos nuestras barrigas a la Villa del Adelantado, dispuestos a probar un nuevo restaurante del que jamás habíamos oído hablar. Y con razón.
Eso, eso es todo lo que comí yo, un paisano de 1,83. Ni que decir tiene que rebañé el plato, no por el gusto del sabor, si no para evitar la desnutrición severa a la que me enfrentaba.
Sito en una bocacalle de la Calle la Cámara, este restaurante aboga por la tradición y la sostenibilidad de la cocina somalí.
Tradición porque si vas a la hora de comer, el tamaño inexistente de sus raciones va a asegurar que tengas que cenar en familia, o incluso puede que merendar.
Sostenibilidad porque con un rape y un kilo de langostinos consiguen 762 raciones de una reducción de una reducción de una reducción de salpicón liliputiense, servido en un cuenco de los que, en otros restaurantes se utilizan para poner las salsas, o si me apuras, el liquidillo ese de lavar las manos.
Y Somalí porque sales con hambre. Fijo.
De primero pedimos el salpicón porque picamos. Resulta hilarante ver las caras de los comensales cuando te lo ponen, literalmente piensas que "Ah mira, que bien, deben de emplatar pa 4", mientras a los camareros les cuesta aguantar la risa.
Afortunadamente el grupo me preguntó a mi por el número de entrantes a pedir, porque estaban entre dos o tres. Menos mal que estoy yo en el mundo, donde iría esta gente sin mí.
De segundo entrante pedimos tomate con burrata y pesto. No mucha queja más allá de que el pesto estaba concentrado en una de las rajas de tomate y tuvimos que esparcerlo nosotros para igualar.
Y de tercer entrante unas croquetas de jamón contra las que no tengo nada. Buena textura y cantidad.
Lo doloroso comenzó con los platos principales. Los locales avilesinos y Sabrina se decantaron por pescados diversos, mientras yo me reía para mis adentros y pedía unas albóndigas de gochu asturcelta. Cuando llegaron los platos, desolación por mi parte. Los pescados parecían bien de tamaño y no podemos decir que estuviesen malos, salvo quizá el de Sabrina, que venía cubierto de jenjibre (donde cojones se vió eso).
Lo desolador, descorazonador y triste, fue que yo recibí tres tristes albóndigas sobre una crema de no se qué de Jerusalem, porque entiendo que es pa que baje dios y lo vea.
Eso, eso es todo lo que comí yo, un paisano de 1,83. Ni que decir tiene que rebañé el plato, no por el gusto del sabor, si no para evitar la desnutrición severa a la que me enfrentaba.
Moviéndonos poco para no gastar calorías necesarias, pasamos a los postres. Dos tartas de queso que pedimos porque vimos pasar antes una ración de las mismas, y necesitábamos compensar, una especia de brownies que Vanesa se comió sin mucha queja, y la joya de la corona, una creme brulé para Sabrina que ha hecho que necesite ayuda psicológica para superar el trauma.
Cito textualmente a la canadiense devora-postres cuando digo "sabía a huevos revueltos dulces". Servida encima caliente. Que Sabrina se queje más de una vez de un postre, debería de indicar a cualquier comensal, que Del Alba no es una buena opción.
Que además hayamos salido a 45€ por persona, constituye un atraco a mano armada. No se puede jugar así con los sentimientos de la gente.
Con 45€ en la Zíngara nos ponemos las botas, y con la oferta de 5€ por el menú pequeño del Burger King, comemos 9 menús cada uno por ese precio.
Hacía tiempo que no se obtenía una puntuación guatil tan baja, pero es que que haya en Asturias, que nos jactamos de lo bien y abundante que se come, un sitio así, es para hacérselo mirar.



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