Terrastur (4.5 guatas)

Tenía yo visita de un cliente foráneo y mi obligación de llevarlo a cenar me hizo pensar en el Terrastur. Sabrina se apuntó para que el equipo de alicata tu guata tuviese al menos dos miembros, ya que el otro lerdo qué va a comentar ni qué ostias.

Pese a la lerdiduz de los camareros en general (contratados la mayoría en el programa de igualdad de oportunidades para gente gilipollas), hay alguno que se salva y nos atendieron bien.

Plataco de jamón de entrante, grasiento, rojil y good. Saladito. Sabrina optó por un filetovich con patatas, mientras servidor alegó querer cachopo.

El camarero, ignorante de ante quien hablaba, me dijo que si sabía que era grande, lo que provocó mi hilaridad. Cuando el invitado foráneo dijo querer también cachopo el camarero dijo "Ah, pa compartir entonces? Mejor, mejor", a lo que yo alegué "no no, yo quiero uno pa mi sólo". Sorprendido y preocupado, encargó en la cocina tamaña monstruosidad, y de paso dejó el teléfono descolgado con el 11 ya marcado, para cuando, según él, nos diese la lipotimia al comer el cachopo, tener que marcar sólo el 2 para llamar a una ambulancia.

El Cachopo (note el lector que lo pongo con mayúscula), fue de lo mejor que jalé yo en mucho tiempo. De tamaño pantagruelico, venía con instrucciones de comición, cuchillo jamonero, piolé y botella de oxígeno.

Ignoré las patatas como pude, evidentemente escupí sobre la ensalada, y me dediqué en cuerpo y alma al cachopo, comenzando por la cara sur. Llegué sin problemas al campo base 1, situado donde el primer palillo había condenado a los dos trozos de carne a un abrazo eterno entre queso y pimientos, con el rebozado por encima. Duro fue realmente el continuar el trabajo, y cruzar límites que a otros les han costado dolores de barriga, vomitadas y pinzamientos estomacales.

Tristemente, tuve que darme por vencido a pocos metros de la cima, carente de oxígeno, la piel de la barriga con estrías por haber crecido de manera ignominiosa durante la última media hora. No obstante, y con lágrimas en los ojos, fui objeto de una atronadora ovación por parte del resto del restaurante. El camarero había colocado un cubo con agua y hielo y me restregaba una esponja refrescante sobre la frente mientras otro me daba un masaje en los hombros.

Para entonces, la TPA, la CNN y Canal + ya se habían hecho eco de mi proeza y estaban tratando de entrevistarme.

Finalmente, tras recibir varios trofeos, el Nóbel y la Copa al mejor Rocín de Feria, pude abandonar un restaurante que recomiendo con los ojos cerrados, más que nada porque no puedo abrirlos desde entonces, ya que tengo trozos de rebozado flotando en las retinas.

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