Parrilla el Blimal (4,5 guatas)

 



Cogiendo la A-8 en dirección a Avilés, se sale uno por la salida que lleva al barrio de la Luz, cruza la Comarca, el Caradras, el pantano de la tristeza de la historia interminable donde se hundió Artax el caballo (qué trauma me pillé yo con eso de niño), se pasa la isla donde quedó Tom Hanks en la peli del Náufrago, se gira a la derecha pasando el edificio de Die Hard. Allí nos encontraremos a un leprechaun que nos hará tres preguntas, que deberemos de responder correctamente para que se haga visible un camino entre dos casas, donde giraremos a la izquierda con mucho cuidado.

Allí encontraremos un pupitre, donde tendremos que pasar la selectividad para que nos den una ficha de coches de choque, que podremos entregar a la llegada al río a un esquivo diañu burlón, que nos dará entonces indicaciones para llegar al aparcamiento de la parrilla de marras.


Esto se hace para que no todo el mundo pueda tener acceso a los manjares que allí se sirven. No se hizo la miel para la boca del asno. Sólo los elegidos, o aquellos con un GPS funcional podrán llegar a donde se encuentra este establecimiento llenador de barrigas en medio de ningún sitio. No sólo no llega la cobertura del móvil, si no que no llegaron ni los móviles, los autóctonos de la zona todavía trabajan con autogiros, telegramas y cartas de las que se ponían sellos.


Ahora entrando en lo que es la jala en sí. Parrilladón oigan. Eso sí que es una parrilla y no lo de la fórmula 1. Un señor grasiento sudoroso con mandil y gorro cocinil se encarga de tostar los diversos cadáveres de animales que se ofrecen en el local.


Nosotros, siendo 5, optamos por una parrilla para 3-4 personas con unos entrantes calidosos, a saber: calamares fritos, croquetas caseras y provolone. Del provolone te ponen dos por ración. Ya ganándose nuestro amor desde el principio.


La parrillada, exquisita. Pollo, criollos (a mi juicio pocos, pero había), costillares de rey cerdo, lomo, patatinas, se les cayeron un par de pimientos en la bandeja pero no era plan de ponese faltoso. Dimos cuenta de la pitanza sin el menor de los problemas y quedamos bien. No voy a decir fartuquinos, pero bien. 


Donde el amor se desprendió de nuestros corazones y se adhirió a este lejano restaurante fué cuando pedimos el postre. Como no sabíamos que pedir, preguntamos que si nos podían poner un poco de todo, al más puro estilo pijama. La camarera dijo que iba a preguntar, confirmó esta posibilidad, lo llamó "popurrí de postres" y nos calcó sólo 17€ por esto. 


Digo "sólo" porque la cantidad y variedad de tartas, flanes,nata y cosinas ricas recibidas fué espectacular. Estaba todo bueno. No soy yo muy llambión, yo soy más de algo que haya tenido pezuña y haya hecho "muuuu" o "beeeee", pero tengo que decir que ese plato de postres que el equipo de Alicata tu guata ayudó a crear, está para meter la cabeza y morir ahogado entre la nata, la charlota, y la mejor tarta de almendra que comió el que suscribe en su puta vida.


Si uno tiene hambre de parrilla y aventuras, recomiendo encarecidamente preparar una expedición a la Parrilla el Blimal.


Cosa fina oigan.

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